Un señuelo, el más flamante espectáculo de espejismos y apariencias.
Son los trazos, las huellas del aroma que seguí hasta nuestras memorias humeantes; un indicio trémulo que mi imaginación cree oculto en cada sensación, en cada gesto, hasta en el movimiento de su pelo… Algo que revive tan solo un instante, una forma de destello o un susurro… pero que definitivamente no es real.
¡Y yo caí…! Conduciendo su acusadora mirada a través de mí, bajo esta piel que esconde un universo lejano y errante; un ser de habla sutil, que sonríe y mira sin ganas, que ignora su condena cada madrugada, y aunque que vio a su sol consumirse en un firmamento en ruinas, no quiere terminar de quebrar la frágil estructura ya calcinada. Como si un puñado de emociones fuesen todo lo que sustentasen mi fuerte, aunque vacío, cascarón.
Una catedral fantástica erguida por ecos pasados y resonancias moribundas en su interior. Todo lo que fui… reducido a carbón y cenizas.
Dios, es mi corazón el que me derrumba, es mi corazón que se vuelve delator…
¿Por qué esta traición?
Mi torpeza y mi poco cuidado a los detalles me hicieron fallar en el cálculo que me trajo a esta tragedia de la que soy víctima y el principal compositor.
¡Ya no hay duda! Ella lo sabe, sabe todo sobre mi, me puede leer claramente… pero no entiendo, ¿como fui descubierto? ¿que reveló mis anhelos, mis intenciones, mis señales…? Si todas permanecían inmóviles casi inertes, sin importar su naturaleza; desde el sentir más puro hasta el parpadeo más sórdido y profano. Ya conoce todo gesto y recinto onírico a donde suelo huir… Hasta refugiado en mi quietud, me siento como un mentiroso.
He sido expuesto, y ahora no hay razón para no quebrarme en sus manos, para no sepultarme en su mirada, para no desvanecerme en su silencio. Esta es la consecuencia a todo lo sucedido, es la forma en que todo continúa.
¡No se trata de un estallido colosal! Es mi propio corazón el que retumba, mi corazón que se vuelve delator…
¿Se caen mis cadenas, se abre mi celda…?
Un dolor calmo, con temor emocionante, una expectativa completamente falsa… ese es el sentimiento de conocer este amargo futuro.
Una reciente incomodidad al despertar y la suave luz del alba advierten estigmas en mis manos; me hacen olvidar los lúgubres y tentadores deseos. Podría tratarse de nuevas invitaciones recurrentes a desgarrar mis muñecas….
El resonar de mis vísceras aterradas, mientras salen a la luz los demonios custodios de mis secretos y pensamientos… Me hacen vomitar los gritos elegantes y desesperanzados que siglos antes, entre sonrisas y letras escritas, ella me entregó. Se resbalan de mi boca y se cuelan entre sus manos.
Tantas oraciones colmadas de ayeres y despojadas de mañanas, con reproches manchados de súplicas temblorosas y palabras inundadas de promesas… ¡Todas desvanecidas! Quizá su gran peso le impidió sostenerlas… quizá por eso las ató a mi garganta.
¡Maldición. Yo siempre lo supe! Todo era parte de una ilusión.
Miradas, sonrisas, gestos y manifestaciones curadoras, memorias con sentimientos agónicos que impulsaban mi camino y apresuraban mis vuelos por llegar a ellas. Todas las huellas que seguí inútilmente hasta un callejón sin salida. Lo que mi mente enfermiza creyó que había oculto en cada sensación.
Tan solo fui presa de mi íntimo traidor, quien le señaló el sitio y le describió el punto exacto donde se encontraba un fascinante y desolado paisaje, bañado por un absoluto negro con una luz distante que delineaba un mirador al cual se asomaba para observarla y contemplarla… ¡rompiendo nuestro acuerdo!
¡Y ahí estaba! Bajo una vasta superficie de promesas cadavéricas, de algunos anhelos convertidos en despojos, de sueños maltratados y corroídos, todo un océano de brasas ardientes, de un formidable rojo volcánico que aún guarda noches frías, besos incesantes, miradas eternas y dedos entrelazados... todo de forma segura y lenta pero latente.
¿Por qué…? Traidor, traidor, ¡mil veces traidor!
Es este insufrible sentimiento el que atormenta mi piel y enferma mi ser. ¿Por qué avivar las llamas que estaban descansando en mi más perfecta vulnerabilidad? Condenado a revivir una y otra vez aquel infierno adormecido que jamás apagué.
Lo que a su ego ”inocentemente cruel” daba libertad, a mi me anclaba a un mar de mis propias historias… Y en cada uno de sus innumerables finales era yo el asesino silencioso, que una y otra vez apagaba la luz de su más grande amor… sin escape alguno más que a mis propios recuerdos.
